Los adelantos técnicos hacen más accesible la repetición de algunas de las más grandes gestas de la exploración, acometidas por hombres tan legendarios como Amundsen o Scott. Pero quizá haya que reflexionar sobre el sentido de algunas expediciones polares en la actualidad.

Hace poco rememoramos en su centenario la legendaria carrera que protagonizaron Amundsen y Scott por alcanzar el Polo Sur. Fue tal la dureza de aquella gesta que hasta casi cincuenta años después nadie se atrevió a volver a intentarlo. Y ese envite lo realizó nada menos que Edmund Hillary, el conquistador del Everest, junto a Vivian Fuchs, otro de los grandes de la exploración antártica.

Nuevos tiempos, nuevos medios

Pero desde entonces, con los adelantos técnicos en materiales, equipos, comunicaciones y transporte, las cosas han cambiado mucho. El peso de víveres y equipamiento se ha reducido tanto que ya no son necesarios muchos hombres y animales para garantizar la logística; uno mismo puede tirar de un pequeño trineo cargado con todo lo necesario para dos meses de travesía.

Además, tenemos comunicaciones vía satélite, GPS para saber dónde estamos, mapas detallados y fotos precisas de las dificultades geográficas, pronósticos meteorológicos, transportes para dejarnos depósitos de comida… y sobre todo, si las cosas se ponen difíciles, posibilidad de ser rescatados (aunque la Antártida no es la Sierra de Madrid: un rescate allí no es siempre factible y, por supuesto, implica grandes riesgos).

En cualquier caso, todo lo anterior no merma la grandeza de la aventura que supone tratar de alcanzar el Polo Sur, sobre todo si se hace siguiendo un procedimiento similar al de aquellos pioneros, es decir, esquiando y cargando. Porque ahora, por si alguien no lo sabe, te pueden llevar en avión hasta el Polo Sur, hacerte una foto allí, y regresar en avión. Lo único que necesitas es estar dispuesto a gastarte unos cuarenta mil euros.

¿Sólo para unos pocos?

Personalmente, y aunque he estado en la Antártida media docena de veces, no soy de ese grupo de puristas que claman porque aquel inmenso continente sea un territorio completamente cerrado, donde únicamente puedan acceder científicos para realizar sus investigaciones. Creo que, con las limitaciones necesarias –que no vienen al caso ahora comentar– debe estar abierto a otras personas.

Por lo tanto, me produce una emoción especial cuando sale una nueva expedición dispuesta a recorrer casi mil kilómetros, a veces en solitario, para alcanzar tan mítico lugar. Sin ser exhaustivo, me gustaría recordar a los españoles Chus Lago y Albert Bosch, que hicieron ese recorrido en solitario, o Ramón Larramendi, que cruzó la Antártida en un trineo tirado por el viento.

También al grupo de ciegos que llegaron al Polo Sur hace un par de años y los diferentes grupos que repitieron la marcha de Amundsen y Scott el año de su centenario. Los seres humanos somos así y nos gustan ese tipo de desafíos que ya no reportan nada a la historia de la exploración, pero que nos enriquecen como personas. En definitiva, no seré yo quien levante mi pluma para anatemizar estas aventuras.

Con los vehículos más peregrinos

Sin embargo, algo dentro de mí parece rechinar cuando una expedición se enfrenta al mismo desafío de alcanzar ese punto del planeta, pero pretende arrogarse un mérito adicional, para lo cual aduce que será la primera vez en realizar tal recorrido sirviéndose de algo distinto a todo lo hasta ahora utilizado.

Como, por ejemplo, en la pasada temporada, cuando una holandesa (madre, actriz y directora) decidió llegar al Polo Sur en… tractor. Sí, en tractor, como uno de esos con los que trabajan nuestros agricultores sus campos, aunque acondicionado para la ocasión.

O cuando, hace un par de años, tres expediciones distintas decidieron llegar al Polo Sur en… bicicleta. En este caso, la aventura dio lugar a una polémica considerable, dado que la primera en llegar, una británica, no lo hizo manejando una bicicleta sino en un triciclo; al que le siguió un español que, aunque sí llegó en bicicleta, realizó una considerable parte del trayecto utilizando esquíes; finalmente, el tercero en llegar, un norteamericano, sí lo hizo íntegramente pedaleando.

¿Aventura deportiva o excentricidad?

Personalmente, no tengo nada en contra con que cada uno haga lo que quiera con tal de que no moleste al prójimo. Por mí, cada cual es muy libre de poder elegir el método de transporte que mejor se adapte a su personalidad, y no me importa que lleguen al Polo en patinete, a la pata coja, sobre zancos o calzando madreñas.

Aunque sí me molesta un poco la notoriedad que quieren conseguir con ello y que, en algunos casos, deja de ser una aventura deportiva personal para convertirse en un espectáculo publicitario o circense. Así la llamada “chica del tractor”, como lógicamente se la conoce a la holandesa, hizo todo el recorrido acompañada por siete personas, la mayor parte a cargo de las filmaciones que la iban a inmortalizar.

Quizá la culpa de estas excentricidades las tengamos todos nosotros, porque prestamos demasiada atención a estas actividades que, más que emular las odiseas de aquellos grandes exploradores, son una pantomima publicitaria de sus protagonistas y sus patrocinadores.

Estoy seguro de que si los medios de comunicación, entre los que ahora mismo me incluyo, no se hicieran eco de este tipo de noticias, los patrocinadores dejarían de facilitarle los medios para hacer este tipo de actividades que tienen más de lucimiento personal que de aventura deportiva.

Ah, se me olvidaba: Estoy organizando la “Primera travesía de la Antártida bailando la conga”. Lo digo por si alguien quiere apuntarse.


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Javier Cacho es físico, científico, y escritor. Comenzó su carrera como investigador en 1976 en la Comisión Nacional de Investigación Espacial (CONIE) donde llevó a cabo investigaciones relacionadas con el estudio de la capa de ozono. En 1985 se incorporó al Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA) donde durante varios años fue responsable del Laboratorio de Estudios de la Atmósfera. El descubrimiento del agujero de ozono en la Antártida hizo que volviese su atención a este continente. Así en 1986 fue miembro de la Primera Expedición Científica Española a la Antártida, a donde regresaría los años siguientes, una de ellas en pleno invierno antártico, para continuar las investigaciones relacionadas con la destrucción del ozono.

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